Joanna Newsom: la dama del siglo XXI

El Festival Sinsal Oito (2010) ha llegado a su fin. Tiempo habrá, junto a las opiniones de todo el equipo de SINSALaudio y algunos seguidores, de valorar la programación de este año que termina. Ahora, sin pausa, es hora de ir tachando cada día que falta hasta abrir la programación de Sinsal Nove, el próximo 22 de enero, en el Teatro Caixanova de Vigo, con una artista mágica.

Si tuviese que buscar un precedente a la trayectoria de Joanna Newsom me quedaría con Björk. La islandesa, desde su presentación con Sugarcubes en aquel disco genial "Life´s Too Good (1988)" –veintidós años mas tarde ha envejecido mejor que otros discos coetáneos-– ha marcado una carrera musical sin comparación en el pop contemporáneo, al margen de modas, estilos, tendencias y marketing. Siempre, implicada con la música de su tiempo y dotada de un sexto sentido para estar con los músicos adecuados en el momento preciso. Lo que más me sorprende de estas dos damas con honores de la música popular, además de sus respectivas voces, es su capacidad de componer canciones atemporales, provocadoras, con una estética que, en la mayoría de los casos, viaja en sentido contrario a la industria musical.

Es curioso que a estas alturas Joanna Newsom, reverenciada por la crítica, admirada por muchos artistas y con tres discos que quitan el hipo, no haya caído en las redes del negocio musical e incluso sea vista como una cantante "abstracta" por algunos públicos, en teoría, más abiertos. Igual la respuesta hay que encontrarla, por buscar una excusa, en lo que la reciente premio Turner de arte Susan Philipsz viene trabajando en alguna de sus instalaciones sonoras. La artista escocesa ha realizado varias obras en las que canta a capela canciones de pop. Después, busca espacios públicos –supermercados, salas de espera, etc.– y pone esas versiones por el hilo musical para estudiar el comportamiento de la gente. Las reacciones, como cabría esperar, son de lo más dispares, pero, en la mayoría, esa atmósfera acústica desencaja al oyente. Lo genial de esta acción es que la artista no necesita jugar con frecuencias o decibelios con las que transformar el espacio. Una voz desafinada –ella no es cantante– y el silencio por la ausencia de instrumentos musicales son suficientes a la hora de llamar la atención y generar "alarma acústica". Ahora, el hilo musical es el medio invadido y transmite la sesanción de que la "speaker" se ha dejado el micrófono abierto, pillada "in fraganti" en la intimidad cantando una canción, por ejemplo, de Radiohead.

La música de Joanna Newsom tiene algunas "especificidades" ajenas al mundo del pop –incluso en el camino opuesto– que desorientan al oyente especializado en propuestas, igual de sensibles, pero más uniformes. Una de las más sorprendentes, y que ha tenido una lectura equivocada por parte de algunas personas, es la relacionada con su voz. Es curioso como ese cambio de registro en algunas frecuencias de Joanna Newsom fue analizado por más de un crítico como un adoctrinamiento, o si se prefiere, una claudicación de la artista en favor de una música más "normal". Cuando, en realidad, esa pérdida sonora se debe a una operación en sus cuerdas vocales, privándonos para siempre de algunos de los sonidos más hermosos del pop contemporáneo; siempre nos quedarán sus dos primeros discos. Hay, a mayores, otros detalles sutiles, identitarios en la música de Joanna: sobre todo, el silencio y las estridencias –cambios de registro, melodía, ritmo, etc.– que, por otra parte, son dos de los recursos más complejos de manejar en la música y con los que muy pocos se atreven. En esta misma línea destacar, aunque sólo sea por un momento, la música de Dirty Projectors, otro grupo fuera de categoría que, al igual que Joanna Newsom, cuesta ajustar entre las preferencias de cierto público más identificado con las melodías directas.

Hace poco me comentaba un entusiasta seguidor de la música de los sesenta, que buena parte de las canciones y grupos de aquella época –también incluía algunos trabajos de The Beatles o The Rolling Stones– serían impensables en la actualidad bajo el mecenazgo de una compañía de discos "multinacional". Sugería, la ausencia de entusiastas detrás de los despachos y que, con crisis o sin ella, la música es, sobre todo, un objeto efímero, de consumo rápido, necesitada de un impacto directo entre la audiencia. Corroborando su opinión, sin embargo, prefería destacar que la motivación era la misma, aunque cincuenta años de hilo musical y estrategia comercial no habían pasado en vano. Incluso, a pesar de internet, cada vez era más complicado escapar de las tendencias del mercado. Le ponía el ejemplo de las emisoras de radio que, si no hubiesen pasado más de 40 años de repetición musical, no se atreverían a poner como "éxitos encadenados" muchas canciones de Bob Dylan, Beatles o Jimmy Hendrix. En particular, y a día de hoy, le hablaba de Joanna Newsom. No me imagino a los especialistas en marketing y audiencias emitiendo una canción suya en la radio: sería impagable asistir a una reunión en la que tienen que escoger "el single pegadizo" porque, apenas, dos o tres canciones están por debajo de los cuatro minutos. Pero lo que mas les irritaría a los expertos sería esas canciones abiertas, infinitas diría, con sonidos sutiles y silencios que tanto molestan en la música del presente. Hemos llegado a tal nivel de control en la música actual que toda aquello que se aparte de esa estructura canónica es, además de una provocación, una irritante fuente de "ruido" no radiable a través de las ondas.

Además de su propuesta sincera y sin fuegos artificiales, lo que más valoro de la joven Joanna Newsom es su capacidad para descolgarse de esa industria voraz, dispuesta a sacrificar, sin reparos, el talento de tantos buenos músicos. Joanna lo tiene todo, podría coger el camino más corto a la fama y acabar agasajada en esa parodia que son los premios de la música pop. Por suerte, ella continúa a contracorriente y, después de su monumental Ys, nos regala otra obra maestra con nada menos que 18 canciones y dos horas de música. Sería tan ridículo valorar este ejercicio de creatividad por la cantidad, o su duración, como criticarla porque ha preferido componer temas de ocho minutos en vez de cuatro. Si hay que juzgarla por la calidad, Have One On Me es otro trabajo gigante, con un buen número de canciones perfectas desarrolladas a o largo de una -o tres- fase donde todo el contenido es, a su vez, una obra completa. Me costaría creer que cualquiera de los tres discos de Joanna hasta hoy tenga fecha de caducidad en el futuro. Más bien, pienso que ya forman parte de la historia del siglo XXI y serán una referencia ineludible entre las próximas generaciones. Have One On Me, ya sin algunos sonidos perdidos de su voz extraordinaria, continúa manteniendo a Joanna en otra división. Si "Easy", "Soft As Chalk", "Go Long", "Autumn" , etc., certifican el talento de esta joven artista, hay tres canciones, "Have One On Me", "Baby Birch" y "Good Inventions Paving Company", que son obras maestras por las que muchos darían su alma; modelos –no dogmas– a seguir entre todos aquellos artistas que sienten la música como un paisaje sonoro abierto.

Escuchar a Joanna Newsom es lo más parecido que hay a escuchar el agua –El agua representa verdaderamente en la naturaleza la causa más frecuente, más variada y más rica de ruidos. (Luigi Russolo en el Arte de los Ruidos)– y este año que termina, Año Internacional de la Diversidad Biológica, no podía tener mejor banda sonora.

1 comentario

  • #1 28.12.10 por LAFMS

    Vengo de escuchar un programa de Radio 3:
    Fred Fritz, James Chance, Suicide, Dead Boys,...

    ¿Hay en SinSal algún Señor Tropical que le guste la carne poco hecha?

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